Domingo Suárez Pozo
LA ELEGANCIA, PERFUME DE LA PERSONA. 1.- LA SENCILLEZ No sólo externa, sino de mente o pensamiento. Las mentes complicadas, son poco coherente y no son modelo de elegancia, sino de cansancio y confusión para quienes escuchan. La sencillez es distinta de la simpleza. La sencillez supone: orden, claridad, precisión, inteligibilidad. La simpleza nos sitúa en: pobreza de argumentos, ausencia de matizaciones. Profundidad y sencillez no son 2 términos contrapuestos. Ni mente complicada ni mente ramplona son elegantes. Una produce cansancio, la otro aburrimiento. La patria de la elegancia: 1.- Discurso ordenado, finas matizaciones, obteniendo conclusiones, sentido del humor, optimismo, sonrisa más que quejas o ceños fruncidos. 2.- Una gran cultura, profundidad y sencillez son términos que se dan la mano. 3.- La sencillez y la transparencia nos provocan o facilitan una visión realista de la vida, una madurez psicológica y una instalación elegante en la existencia. 2.- LA VIRTUD, uno de los ejes de la felicidad. El paisaje de la virtud no es como muchos creen: triste, sino lleno de luz y de alegría. La verdadera elegancia no es frívola ni superficial, tiene peso y profundidad a través del ejercicio de la libertad que ha sabido escoger en cada ocasión lo mejor. La virtud es bella y participa del bien y de la verdad, por lo tanto irradia un aroma capaz de enamorar a quien lo percibe. Hay que redescubrir la virtud como quien redescubre una obra de arte de valor incalculable. La virtud no se relaciona con: el aburrimiento, lo anticuado, lo pusilánime, lo cursi. ALGUNAS VIRTUDES: El paciente, el magnánimo, el cariñoso, el amable, el discreto, el justo, el respetuoso, el comprensivo, el tolerante, el solidario, el veraz, el alegre